Reencuentro con uno mismo
Han pasado cuatro décadas y recién me reencuentro. Dicen que nunca es tarde pero se me ha ido la vida, esa inconmensurable incógnita de tiempo definido e ignorado.
Imposible mirar atrás y si lo haces es para disfrutar de lo bueno y sacar fuerzas para aprender de los errores y continuar………….
Es impresionante la sensación del reencuentro cuando se es de uno mismo, es muy fuerte, gozante y amenazante. Es reanudar la esencia de la propia naturaleza y rever la meta que fue cambiada por otra, aunque válida,
no colaboró al desarrollo personal.
Enlazar a la jovencita idealista, comprometida con la vida, la libertad, la justicia, extremadamente conservadora moralmente,- que no le permitió ser ella misma al precio de lo que se debía hacer y ser-, con esta mujer madura, que vibra aún intelectual y físicamente
Encontrarse con esa falta de entrenamiento de pensar en sí misma, de proyectarse, de saberse capaz de mucho pero a su vez, con miedo a lanzarse a un mundo preparado para los jóvenes.
Encontrarse con la realidad del tercer mundo, que a pesar de los años vividos no existe el permiso de disfrutar lo peleado para una madurez digna. Lo urgente, lo cotidiano, lo material no da lugar al goce de sentarse a leer un buen libro, compartir de un viaje, ni siquiera al campo, de ir en busca de los amigos que viven lejos. La urgencia por sobrevivir no te permite vivir cuando sabes que no queda tanto para andar.
Cómo enlazar esas dos mujeres iguales y en tiempos tan diferentes. La única materia aprobada es la de la maternidad, ver hoy hombres y mujeres que fueron creciendo en sus entrañas, peleando para nacer, mecidos, luchados para darles armas para que forjen su felicidad, amados de la única manera que se ama a los hijos, con la otra cara, la del dolor. Mujer fiera que defiende a su cría hasta dar la vida.
Dónde quedó la mujer que se entregó por amor a un hombre. Se perdió en el dolor que la llevó a perder la cordura y coquetear con la muerte, su antigua amiga……. Se reencontró en la rabia de haber amado mal y al hombre inventado. Ella no lo amó a él, sino a lo que debía ser, al que se creyó que era.
Cuánta desilusión, cuánta rabia consigo misma, que es la peor de las rabias. Uno puede culpar del desamor al otro pero a quién echarle el fardo de haberse equivocado, haberse jugado el todo por el todo por un gigante de pie de barro.
Todo fue un canje, por un poco de cariño y atención, la negación de sí misma, la limitación de sus potencialidades para no hacer sombra. Llegó a decirse luna y él, el sol, sin él no tenía luz propia. Tontamente no se daba cuenta que él se servía de su luz para hacer creer que brillaba.
Ahora caminar sola, difícil al inicio, fruto de la falta de experiencia, pero tan gratificante hoy.
La soledad duele, hiere las entrañas, pero no más canjes con números en rojo, si no entra en la columna del haber de la contabilidad de la vida, preferible no invertir.