AGUSTINA

Ella me abrió una nueva puerta en el corazón y me introdujo al maravilloso mundo de ser abuela. Llegó en un momento muy especial en mi vida, luz en un momento oscuro, alegría en tiempos de desasosiego. Nos estrenó a toda la familia: a sus padres, a sus abuelos paternos, a sus tíos. Las reuniones familiares giraban alrededor de sus primeras muecas, sonrisas o palabras, tratando de aprender cada uno el rol que nos correspondía. En mi caso entender que no era quien debía criarla y ser testigo de su educación. Las tías la mimaban y los tíos menores hacían locuras, por ejemplo, tirarla desde la escalera sobre un colchón, sin cinturón de seguridad, por supuesto.

Durante sus primeros meses iba al mediodía a darle su almuerzo y estar con ella para que su mamá pudiera salir a correr, algo elemental para su salud y la de toda la familia. Dormíamos la siesta y a las 15.30 me iba a la facu. Sí, la facu. Yo era una flamante abuela y alumna de periodismo. A esos ratos se sumaban algún sábado a la noche que pasaba en casa y el domingo a la mañana se iba a misa conmigo. Sin comentarios a cerca de su comportamiento ya que era lógico para una niña de un año.

Agus tiene una personalidad muy fuerte y supo sacar provecho de nuestra novel profesión manipulándonos a cada integrante según su conveniencia. Sus padres inteligentemente fueron moldeando su carácter con respeto y se ha convertido en una preciosa adolescente, hermana y prima mayor.

La disfruto en cada encuentro, propicio conversaciones o salidas que me permitan seguir esa relación de Abu-nieta, intentando que el salto generacional no nos aleje. Nos reímos de nosotras mismas, de nuestras anécdotas, compartimos historias y soñamos con viajar juntas.

Amo a todos mis nietos pero Agus siempre inaugura en mi vida. Y continúa siendo luz y alegría, aún más, en época de paz en mi corazón.