Con permiso a enojarme

Diariamente recibimos un informe del estado, ya sea por parte del Ejecutivo o algunos de sus ministros, especialmente, el de Salud. Todos esperábamos ansiosos saber si la cuarentena por decreto seguiría o continuaríamos con la voluntaria. El viernes a la noche el ministro de la cartera mencionada, con poco convencimiento y un dejo de inquietud deja entrever que podrían disminuir las exigencias del decreto. El sábado despertamos con la noticia que continuaba cuarentena obligatoria. No fue necesario que corriera el comentario que estuvo en juego la renuncia del ministro y todo el equipo, para darnos cuenta el cambio drástico de postura.

Las presiones de empresarios, de reales consecuencias económicas y sociales hicieron tambalear el esfuerzo que todos estamos haciendo, para ni siquiera disminuir los impactos de esta pandemia, sino simplemente, para darles tiempo a prepararse ante los destrozos que haría este virus, ya que nuestro servicio de salud es paupérrimo.

Mi molestia ya había comenzado cuando al presidente se le preguntó su opinión ante la decisión de Uruguay de recortar ingresos de los empleados públicos, contestando: ”Esta bien”, como si nuestra situación fuera totalmente diferente y al ser consultado sobre la posibilidad de hacerlo en Paraguay, rápidamente y sin mirar al periodista contestó que lo tendría que consultar con su equipo.

Ese fin de semana explotaron las redes por la postura de las autoridades que nos exigen sacrificios sin comprometerse con la situación. En la estructura del estado existen cargos con salarios tres veces más altos que el del presidente de la república, o que el chofer del director de una binacional tiene un sueldo superior al médico de Vigilancia sanitaria que está frente del equipo sanitario, etc.  Mediante la presión ciudadana y gracias a las redes no tuvieron más remedio de tomar medidas, pero por tres meses, no vaya a ser que se empobrezcan!

Entonces decidí enojarme y me enojé tanto que lo hice hasta conmigo misma. Siempre fui estúpidamente obediente. Me aislé una semana antes por pedido de mis hijos, cumplo con todas las indicaciones dadas, no piso ni la vereda, y las personas que me brindan sus servicios están resguardadas en sus casas. No voy a hacer compras de super ni farmacia.

La soledad te lleva a enfrentarte contigo misma y comencé a recordar todas las estupideces que hice por ser obediente a mis padres, profesores, etc. Sentí que sigo siendo obediente mientras quienes dirigen nuestras vidas se mofan de su pueblo, necesitaron una situación extrema para rever décadas de corrupción e ineficacia.

Me sentí bien con mi enojo pero finalizado el día me amigué conmigo misma (y vale la redundancia!) porque finalmente “mejor mal conocido que bueno por conocer”